“No cierres esa puerta. No tengo la llave”, te dije mientras te paseabas como un loco por la habitación.
“Debe haber algún modo”, me dijiste asomado a la ventana del piso treinta.
Te callaste por un buen rato y sólo mirabas las paredes grises y mohosas del departamento.
Te paraste de nuevo y empezaste a gritar. “¡Tiene que haber un modo, tiene que haber un modo, tiene que haber un modo! ¡Ya sé! ¡Saltemos por la ventana! ¡Sí! ¡Sí! ¡Alguien se dará cuenta que caemos y pondrá un colchón inflable en el suelo!”.
Gritabas y gritabas y caminabas y caminabas y te golpeabas la cabeza como intentando sacar ideas. Tus ideas siempre eran tan estúpidas, tu cráneo siempre estuvo enfermo, sin materia gris ni lóbulos. Miraba la manera estúpida en que caminabas, tus estúpidos gestos al gritar, tu estúpida mirada psicótica y asesina, tus estúpidas divagaciones y gritos me enfermaban.
Me puse de pie y caminé hacia ti. Te tomé de brazo para que te voltearas hacia mí. Te miré a los ojos y te sequé las lágrimas. Te abracé largamente. Te volví a mirar a los ojos. Vimos por la ventana que empezaba a llover. Tocamos la lluvia y nos reímos. Te sentaste en el borde de la ventana mientras te besaba. Nos miramos a los ojos por mucho tiempo.
Aparté mi cuerpo del tuyo y te escupí la cara. Toqué tu pecho y te empujé al suelo. Caíste. Sentí tu cuerpo golpearse con el pavimento. Por fin ya no tenías ideas estúpidas. Por fin ya no gritabas. Por fin me fuiste útil.
1 comentario:
y cuando caía irremediablente por la ventana, él después de tanto pudo entender que quizá podía volar.
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