
Es feo decirlo, pero se siente igual. Y no es que a veces quiera estar así, media demacrada, desganada y sin resabio vital. Lo que pasa es que ni siquiera puedo reconstruir el camino por el cual llegué a estar así. No tengo esa capacidad humana que mencionó hoy mi profesor de Estética Moderna -mi guapísimo profesor J. M. G.- de desandar lo andado, de borrar las huellas, no puedo eliminarlas de un plumazo, al menos no puedo hacerlo sin que ellas me dejen una insoportable mancha. Una inaguantable sensación que, aunque me quiera hacer la loca, tengo la certeza de que pasé por ese lugar, que me desarmé y me rearmé –en el mejor de los casos- en esa superficie de espacio y tiempo. Y es un poco siniestro: porque la mancha siempre me recuerda que permanece esa terrible sensación de que, en lo experienciado, algo está no dicho, algo permanece no nato y que, sin embargo, me constituye. Si es que estoy constituida, claro está.
No me pregunte tonteras: todos sabemos que la fe se sustenta en la imposibilidad, de otro modo no habría fe. Y como yo a veces creo en cuestiones variopintas, prefiero creer en las posibilidades antes que en lo inconveniente, en lo que está a mi alcance antes que en lo que radica en lo ajeno, en el poder de la reflexión y de la acción antes que en una fuerza telúrica, pachamámica o celestial dependiendo del credo. Por eso no tengo fe. Y puede ser por eso que cada viernes termine en un estado de creciente desazón, producido –a veces- por la crisis existencial que acarrea la lectura de la teoría kantiana y sus repercusiones en el mundo romántico; derivado –otras tantas ocasiones- de mi progresivo estado de desilusión frente a quienes y a lo que me rodea. Y por supuesto, de mi nula capacidad para lidiar con aquéllo, aún sabiendo que es la única opción, pues la otra opción la descarté hace algún tiempo cuando no la consumé. Y aunque usted no lo crea, a veces pienso que las cosas pueden mejorar, y es en esos momentos absurdos en los que tengo fe.