
Entró. Mientras caminaba hacia su lugar de trabajo, dirigió una rápida y superficial mirada a los estudiantes. Dejó su maletín sobre la mesa, se sentó apoyando los codos en el escritorio, sosteniendo su cabeza con sus manos. El bullicio en la sala aumentaba, yo me limitaba a observar al profesor mientras su mirada se extraviaba en la multitud. Su rostro se iba desfigurando, sus ojos se volvían brillosos, vidriosos, hasta que estalló en sollozos. Después de un rato, se puso de pie y anotó en la pizarra una ecuación cuadrática. La resolvió, la contempló y marcó la solución negativa.
Imagen: Christian Boltanski
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