
Y sí. A veces pasa que ver a personas después de un largo tiempo sin ser vistas, resulta ser un proceso incómodo y poco amigable. Porque se hablan lugares comunes, se preguntan por las vidas y, coincidente y misteriosamente, todas resultan estar “bien”. Qué típico y falso, qué plástico y atrincherado, porque al final se responde así para que el otro no siga preguntando idioteces y para poner una barrera que inhibe y coarta toda conversación. Porque en verdad no hay ganas de conversar, no hay ánimo de saber de vidas ajenas cuando al mirar a los ojos al otro se ve lo mismo, pero un poco peor y decadente, cuando al escuchar al otro se nota su falta de labia mientras mastica un chicle gastado y sin sabor, porque se ríen de lo mismo, porque no hay complicidad ni cercanía. A mí me gusta saber que caminar por la ciudad puede ser el mejor trayecto. Que hablar tonteras y reírse sin sentirse estúpida hace bien, y que en eso no se juega la inteligencia. Me gusta saber que tengo amigos con los que comparto risas “metrísticas” camino a casa o al Museo. Me gusta saber que la falsedad de ciertas reuniones generacionales y escolares están por fuera del límite de mi manera de ser. Es que yo prefiero mirar a los ojos al otro y saber que nos podemos poner de pie y largarnos, dejando todo ese cinismo y mediocridad de enseñanza media pegoteada en el pasto de los jardines de la universidad.
Imagen: Barbara Kruger
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