
Mire. Sólo se lo voy a contar porque su expresión facial me inspira confianza.
Primero que todo, la cosa no fue como se la contaron los individuos del café. No, nada que ver. Segundo, si algo le resulta inverosímil, es culpa suya por su falta de carisma e imaginación. Tercero, yo no estaba sola, esa noche me acompañó mi buen amigo R., a quien usted conoce e incluso le tiene cierta simpatía.
Cuarto, S. se tropezó sola porque –aunque yo le digo que no lo haga- le gusta correr con zapatos con taco de aguja, y todos sabemos que lo hace para presumir.
Quinto, si el vestido de S. se rasgó, fue porque se enganchó en unas ramas viejas mientras caía cuesta abajo.
Sexto, nunca hubo un perro que la mordiera, ni tampoco hubo abducción extraterrestre, mucho menos existió inseminación artificial alienígena, y mucho pero mucho menos S. entró en un estado de trance y habló con Dios. Como le digo, a S. le gusta presumir, e inventa situaciones y cosas estrafalarias porque siempre ha creído que su vida debiera llevarse al cine.
Séptimo, S. es completamente viciosa, es mi amiga pero tengo que decirle algunas veces que si sigue así, en cualquier momento pasara un camión por encima de ella, sólo por no saber ni darse cuenta de lo que hace.
Octavo, mi amigo R. no se acostó con S., es más, déjeme decirle que S. –otra vez- inventó todo porque quiere darle celos a su amado G.
Noveno, lo cierto es que esa noche la temperatura ambiente había descendido notoriamente cuando supimos que S. se había perdido.
Décimo, R. y yo la dejamos de ver un par de horas antes que G. llegara a la habitación de S. para “todos sabemos qué”.
Decimoprimero, todo lo que le haya dicho G. es falso, piense usted que él es casado y tiene hijos, razón suficiente para guardar las apariencias y esconder secretos.
Decimosegundo, R. y yo nos fuimos al café de siempre para acortar la noche y conversar trivialidades y tonteras.
Decimotercero, cuando G. me llamó preguntando por S., yo le corté porque me da rabia que se aparezca así de la nada y que sus visitas sean tan escasas y fugaces como el cometa Halley.
Decimocuarto, esa es la razón por la cual los individuos del café le dijeron a usted que yo me había puesto violenta, cuando lo cierto es que sólo le grité a G. por teléfono y, hecho esto, volví a reír y a beber con mi amigo R.
Decimoquinto, esto debiera decírmelo usted y no yo a usted, pues el que es detective acá es usted y no yo: como todos saben, cualquier deceso aparentemente suicida debe ser investigado también como presunto homicidio.
Decimosexto, claro está que la vida de S. no será llevada al cine, ni siquiera será llevada al papel couché, pues lo que le estoy contando es parte de un caso policial y debe ser tomado como verosímil en su totalidad, recuerde que soy yo quien habla.
Decimoséptimo, mi relato sobre los hechos no puede ser más claro que lo enunciado, si usted no es suspicaz ni comprende, ya le dije, es por su ausencia total de carisma e imaginación.
Imagen: Man Ray
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